02 Oct ETIOPÍA, EL VIAJE A LA ESENCIA DEL SER
En mayo de 2005, tuve la oportunidad de viajar a Etiopía y descubrir una pequeña parte de este país.
Grata Sorpresa, ésta sería la definición más escueta para resumir lo que significó ese viaje para mí.
Nada más desembarcar en el país, me sorprendí al no encontrar demasiada gente en el aeropuerto intentando buscarse la vida. Y allí nos estaba esperando la cara sonriente de nuestro amigo, a quien hacía seis meses que no veíamos.
Los siguientes días los pasamos recorriendo parte del sur del país. Descubrí paisajes increíbles y personas agradables, siempre dispuestas a ayudar y sonreír. Vi amor en las sonrisas de niños y adolescentes. Me dejé sorprender y seducir suavemente por todas aquellas sensaciones.
Una tarde, fuimos a pasear en barca por una laguna donde se encontraban los cocodrilos más grandes de África y un montón de hipopótamos. Allí, sentada en esa desvencijada barca de madera, pensé en lo efímera que es la vida. Aquella maldita barca podría volcar, los enormes cocodrilos de África podrían devorarnos, nuestras vidas terminarían en ese preciso momento.
Nunca me he sentido tan cerca, tan consciente del AQUÍ Y AHORA.
Nuba nació dos meses después, cuando ya estaba de vuelta en mi vida, y poco a poco había asimilado todo lo percibido.
Relato corto, escrito desde la perspectiva de una adolescente, pero en el que sin pensarlo, de forma intuitiva y serena, plasmé prácticamente todo lo que percibí.
Tierra, vida, contradicciones. Conciencia, prejuicios, valores, todo se puso patas arriba, y una vez más pensé: «¡Qué vida ésta!»

NUBA
Estoy sentada contemplando el paisaje; vivo en un paraíso de la Naturaleza. El Sol calienta desde el inmenso azul del cielo y extensas praderas rodean el lugar donde me encuentro.
Hoy, como cada día, me he levantado temprano, y junto con mi madre y hermana he caminado dos horas para traer agua a nuestra pequeña casa. Agua para el aseo y para beber, tan sólo la suficiente para el día.
Me he aseado, las hermanas suelen decir que es importante asearse cada día, antes de asistir a la escuela.
Para llegar a la escuela, tengo que caminar ocho kilómetros. Además, en días como hoy se hace más difícil. Durante la última semana llueve sin cesar durante la noche, lo que hace que a la mañana siguiente todos los caminos estén enfangados y los pequeños riachuelos se convierten en ríos que hay que atravesar. Con lo cuál, cuando por fin llego a la escuela, mi ropa suele estar salpicada de barro y mis pies sucios y descalzos mientras sostengo con mis manos mis únicos zapatos para que no se estropeen.
No me importa caminar, supongo que ya estoy acostumbrada. En realidad, todas las personas que conozco emplean gran parte de su tiempo caminando. Caminan para ir a buscar agua, caminan para ir a la escuela, para buscar leña, para ir a los mercados de las pequeñas ciudades y vender los frutos que ellos mismos cosechan.
Pero no todos los caminos son de tierra, también hay carreteras asfaltadas –no demasiadas, eso sí-. Esto hace que aquí ningún conductor pueda seguir las normas de circulación de forma estricta. Por algunas carreteras el tránsito de personas es tan denso, que los coches tienen que ir muy despacio y tocando el claxon para que, poco a poco y con mucha paciencia, les abran paso.
Por cierto, aún no me he presentado. Me llamo Nuba y tengo catorce años. Vivo en una pequeña aldea del Sur de Etiopía. Sí, vivo en uno de esos lugares que las personas del “Mundo Civilizado” se empeñan en denominar “País Subdesarrollado”.Tal vez al conocer el nombre de mi país no entiendan cómo puedo afirmar que vivo en un paraíso. Quizá vengan a sus cabezas imágenes de sequía y hambruna.
La zona en la que vivo posee tierra fértil para el cultivo y gente trabajadora que cuida de su ganado. No existen relojes que controlen el tiempo, tan sólo actividades para sobrevivir. Supongo que ustedes lo denominarían “Economía de Subsistencia”.
Si recorriesen este lugar verían gente por todas partes. Hombres trabajando en el campo y cuidando de su ganado. Mujeres cargando sobre sus espaldas pesos descomunales: leña, agua, frutas y verduras. Los niños también colaboramos con estas labores. No es extraño ver a niñas llevando sobre sus hombros a sus hermanitos mientras arrastran peso con sus manos.
Aunque cada vez somos más los que vamos a la escuela, seguimos ayudando con estas tareas. Y mientras en su mundo civilizado se empeñan en intentar concienciar a las personas de la importancia de reciclar, aquí lo aprovechamos todo.
Antes, en el camino de regreso de la escuela, mis compañeras y yo nos hemos cruzado con unos forasteros. Habían parado su enorme coche todo terreno bajo un árbol y comían un sándwich mientras contemplaban el paisaje en silencio. Por la expresión de sus caras, he pensado que disfrutaban tanto como yo al admirar este paraíso.
Hemos revoloteado a su alrededor. No es la primera vez que vemos forasteros; pero siempre nos llaman la atención sus ropas, sus zapatos, incluso su piel blanca y en algunos casos tan velluda.
Se han sorprendido cuando, tímidamente, me he acercado y les he pedido las botellas de agua vacías. Creo que uno de ellos, con un gesto, me ha dado a entender que las botellas no tenían líquido. Pero yo he insistido y he sonreído agradecida cuando por fin me ha entregado los recipientes.
Lo que para ellos era algo inservible, para mí es muy importante. Podré tener mi propia botella de agua, con tapón incluido. Podré llevarla llena al colegio, por si tengo sed durante el recorrido.
Así que hoy me siento afortunada.
Me he sentado en la misma roca de cada día simplemente para mirar el paisaje y pensar. Tan sólo me queda un kilómetro para llegar a casa y ayudar a mi madre a lavar la ropa en el río. Pero siempre me gusta parar aquí y acordarme de lo que he aprendido en la escuela.
Hoy la profesora me ha dicho que se siente orgullosa de mí, y que si sigo así en pocos años podré estar en la capital y conseguir un buen trabajo. Claro que me ha hecho ilusión; pero también he recordado mis dos visitas a Addis Abeba.
La primera vez estaba muy emocionada; me paraba en mitad de la calle con la boca abierta contemplando los edificios.
También fuimos al Museo Nacional, y allí la profesora nos mostró los restos de Lucy, el ser humano más antiguo encontrado hasta entonces. Me sentí extrañamente orgullosa al pensar que el primer ser humano había nacido en África.
Sin embargo, la segunda vez que estuve en Adiss me sorprendió más aún. En aquella ocasión visitamos a un hombre joven, tendría veinticinco años. Al igual que yo, venía de una pequeña aldea y había estudiado en un colegio. Cuando terminó los estudios, se fue a la capital en busca de un futuro mejor. Trabajaba en una ONG como mecánico y, muy orgulloso, quiso mostrarnos su casa.
Atravesamos calles embarradas. Sí, en la ciudad hay calles asfaltadas, pero no demasiadas. En realidad, la mayor parte de la población vive en minúsculas casas separadas entre sí por improvisadas cercas de madera o metal, y rodeadas de calles de tierra que se convierten en barro en época de lluvias.
Entré en la pequeña casa de este hombre, no más de 9 m², donde tenía una cama, una nevera, una cocina eléctrica y una mesa con un televisor y reproductor de DVD. Me sorprendió tanto esto último… Las calles sin asfaltar, gente por todas partes, casas minúsculas y un televisor con DVD… Luego, él nos habló de sus planes de futuro: comprar una casa para pagar durante toda la vida, casarse y, tener uno o dos hijos, pues la vida es demasiado cara.
Contemplé el caos de las calles. Niños limpiando zapatos en cualquier esquina. ¿Y si algún día asfaltan todas las calles y la gente no se mancha los zapatos de barro? ¿Qué harán estos niños? ¿Mendigar?
Me pareció todo tan contradictorio. No me imaginaba viviendo en esa ciudad, sola, en una minúscula casa y trabajando todo el día para poder comprar un televisor y un DVD. Me acordé de mis padres, de mi hermana. La vida de campo es dura, pero por unos instantes me pareció que éramos más afortunados.
Supongo que estoy atravesando una época de cambios. Sé que me gusta estudiar, aprender. Pero no estoy segura de querer llevar una vida en la ciudad, una ciudad donde ví más miseria que en el campo. Aunque también ví personas que parecían felices, con grandes casas y coches; casi todos extranjeros, eso sí. Y debo decir que los etíopes ricos que ví me parecieron poco humanos con sus compatriotas, como si prefiriesen frenar su desarrollo, su evolución, para seguir sintiéndose superiores.
Estoy confusa. ¿Les ocurre lo mismo a los adolescentes del Mundo Civilizado? Tengo una sensación extraña, como si estuviesen decidiendo mi futuro por mí. ¿Tengo que abandonar mi vida y marcharme “a prosperar” a la ciudad?
Debo ser sincera. La vida en mi aldea no es siempre idílica. Sí, es un paraíso natural; pero siempre y cuando la naturaleza respete la época de lluvias. Imaginen una familia que vive del campo y el ganado. ¿Qué ocurre si no llueve un año? Exacto, se repetirían las imágenes de sequía y hambruna, esas mismas que ustedes tienen grabadas en su retina.
Dicen que los africanos no tenemos asimilado el concepto de futuro, que vivimos el día a día y cuesta implantar cambios, aunque sean en nuestro propio beneficio.
Mi ilusión sería que mi familia no pasase hambre y pudiera vivir su rutina sin tener que renunciar a su forma de vida. No sería tan difícil.
Tiene que haber alguna forma de almacenar el agua que cae en exceso durante la época de lluvias y hacer ver a las personas del campo que así evitarían una futura sequía.
Vuelvo a echar un vistazo al paisaje que me rodea. Empiezo a recobrar la esperanza, quizá yo y todos esos niños que comienzan a formarse en las escuelas podamos poner nuestro particular granito de arena.
Tal vez me vaya a la ciudad cuando termine de estudiar. Tal vez consiga una beca para estudiar en el extranjero. Tal vez me case y cree mi propia familia.
Mi cabeza está saturada, creo que hoy no puedo pensar más. Pero algo dentro de mí me dice que no quiero olvidar mis raíces, que ojala todos los años de estudio me sirvan para algo más que para comprar un televisor y un DVD.
Sería estupendo, por ejemplo, conseguir que cada familia de mi aldea tuviese un burro para aligerar de peso las cansadas espaldas de las mujeres. Y que todos los niños tuviesen un cuaderno y un lapicero para sus clases.
Los forasteros siempre se sorprenden cuando paran en algún pueblo y los niños les piden lapiceros o bolígrafos en lugar de dinero.
Ojala algún día, con la ayuda de Dios, logre hacer realidad mis pequeños sueños.
Sí, creo. Si vives en África, tienes que creer en Dios.
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