20 Oct MEDITACIÓN
De pronto, sintió cómo un agujero se abría en mitad de su universo.
Como si de un calcetín se tratara, su cuerpo comenzó a darse la vuelta, retorciéndose, creando dobleces que se precipitaban hacia ese espacio negro sin camino de retorno.
Poco a poco dejaba de existir y, sin embargo, una punzada profunda parecía penetrar hasta el fondo de su ser.
Con la mirada, intentaba encontrar sus manos y pies; tarea inútil, todo lo que hasta ahora reconocía como “su persona”, había dejado paso a la nada más absoluta.
Dolía, dolía de forma paralizante, suspendiendo el aliento en mitad de un infinito tiempo.
Incapaz de pronunciar palabra, silenciosos quejidos se ahogaron sin ni siquiera haber sido emitidos; se desvanecieron, deslizándose por el mismo agujero negro.
No había más que hacer, el fin era inevitable; más que rendirse, simplemente lo aceptó. Cerró sus ojos imaginarios y fue descendiendo sin oponer resistencia, dispuesta a desaparecer para nunca más volver.

Y fue en ese descenso, cuando comenzó a percibir de nuevo sus párpados y cómo a través de ellos, centelleaban luces, quizá estrellas.
Por instinto, apretó fuertemente los ojos, frunciendo un ceño inexistente y sintiendo temor a un comienzo, a un final, a un no saber qué le esperaba más allá.
Suavemente esas chispeantes luces fueron iluminando su interior y marcando punto a punto la presencia de su realidad corpórea. Fue capaz de arquear una ceja, formulando un interrogante, “Pero, ¿qué demonios era aquello?”.
Ajenas a su pregunta sin respuesta, las luces continuaban configurando, delimitando su perfil, aquello que sutilmente la diferenciaba del resto.
En el agujero, la punzada se fue transformando en un incesante crepitar de estrellas que chocaban entre sí, generando una renovada energía de confianza y lucidez.
Permanecía en silencio, desde la distancia que le permitía aquella sensación de formar parte de todo y nada a la vez.
Observadora observada, tras la muerte anunciada, asistía a la conquista y reinvención de su propia alma.
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