12 Oct EL PORTAZO
Fue un movimiento sutil, un impulso inesperado, un aleteo de mariposa que la dejó petrificada.
Cada uno estaba sentado en uno de aquellos sofás de cuero negro y, en el centro, la rigurosa mesa de café.
Cuatro figuras de cristal sobre esa mesa, dos personas mirando el televisor, separados por ocho años de diferencia y muchos más de indiferencia.
Silencio abismal entre ambos y, de pronto, ese maldito momento.
Nunca pudo explicar qué motivó a su cerebro a transmitir esa impulsiva orden a su mano derecha; pero como si de un imán se tratara, se sintió atraída por una de las diminutas piezas de cristal que reposaban sobre la mesa.
Su brazo se extendió en paralelo al suelo hasta sentir el contacto del cristal entre sus dedos y, lentamente, se elevó trazando una perpendicular con su cuerpo. Así, sin más, movida por una fuerza inexplicablemente absurda que alcanzó su punto más álgido cuando, súbitamente y para su asombro, las miradas de ambos se encontraron y se vieron reflejados.

Los dos tumbados, cada uno en su sofá. Él, casi dos metros de altura, ella aún dos cabezas por debajo de él. Él perdido en el mundo, ella nadando con fuerzas para no hundirse y dejarse arrastrar por la corriente. Y los dos, con su brazo derecho apuntando hacia el techo y acariciando una ridícula y diminuta pieza de cristal.
En los labios de él se dibujó una sonrisa malévola; no dijo nada y todo lo dijo a la vez: “te pareces a mí más de lo que piensas”.
Y ella no necesitó palabras para entenderlo.
Una marea recorrió su adolescente cuerpo y enturbió su mirada. ¿Y si era cierto? ¿Y si ese absurdo gesto de alguna forma revelaba una oculta verdad?
Parecerse a él era una maldición que no podía soportar. Parecerse a él, pura debilidad enmascarada de fatalismo, cólera contra el mundo, contra ella, contra todo aquel que pudiese nadar.
Pero, cabía esa posibilidad, que grabada en sus genes hubiese quedado algo de aquella amargura e inestabilidad. La sola idea le provocaba náuseas, miedo.
La pieza de cristal cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos, despertándola a su propia realidad.
No, no permitiría dejarse contagiar por su malévola mirada, por su negatividad. Quizá compartían genética, pero ella sabía nadar y lo haría con todas sus fuerzas hasta dejar atrás esa corriente maldita de mala racha e inestabilidad.
“¿Lo harías?”- le preguntó él meses más tarde cuando de la bata de ella cayó un cuchillo que había escondido para evitar males mayores.
No hubo tiempo para respuesta. Él cerró la puerta entre abierta, y con toda la fuerza que sus dos metros de altura le proporcionaban, la acorraló. Esa misma mano derecha que meses atrás acariciaba el cristal de aquella pieza, se convirtió en un puño con el que él estampó la cabeza de ella contra la puerta.

“No lo haría, no soy como tú”- consiguió articular entre sollozos ella. Y mientras lograba abrir la puerta, él la miraba en silencio y ambos supieron que era el final. Nunca más, ni por ética, ni por genética. Sus vidas se separaron sin vuelta atrás.
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