08 Oct CUATRO ROSAS
Al inicio eran tres, hasta que las distancias de años se acortaron y se unió la mayor, no de estatura, pero si de entusiasmo e ilusión.
Las tres primeras echaban la vista atrás y no alcanzaban a recordar el momento exacto en el que comenzó a forjarse aquella amistad.
Quizá fue en esas escapadas cómplices con trece años al centro de Madrid; o durante los paseos por aquel barrio, comiendo croissant de jamón y queso gratinado.
Tal vez compartir las primeras salidas a bailar en las discotecas de tarde, donde solo entrabas si eras menor de edad. O las fiestas en aquel pueblo de Toledo y los gritos de una de ellas huyendo de los perros.
O, simplemente, era el conjunto de todo aquello.

Coincidieron en edades de crecimiento y descubrimiento, compartiendo risas y lágrimas, lacas, cardados y modas ya desfasadas.
Crear lazos que llegan hasta este tiempo, no es tarea fácil y requiere constancia, cariño, aceptación y respeto.
Durante años, dos de las rosas ni se hablaron y vieron; pero es lo que tienen estas relaciones vitales, que aunque transcurra el tiempo, todo fluye al reencontrarse, porque al mirarse a los ojos se reconocen al igual que antes.
En este reencuentro se unieron de nuevo y formaron el cuarteto.
Fue fácil ponerse al día y crear un espacio común de comunicación, junto con pequeñas burbujas de felicidad que marcan en el calendario encuentros siempre deseados y recordados.
Y en cada uno de estos momentos, el mundo se detiene a su alrededor, las penas se las lleva el viento y las risas brotan abiertamente, creando un espacio de sano esparcimiento.
Siempre hay un instante en el que una de ellas, mirando al resto, sonríe y expresa sus sentimientos: “Somos afortunadas teniéndonos”.
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